Otro espaldarazo al pueblo
HOY, MÁS DE MEDIO MILLÓN DE PERSONAS QUE SE ENCONTRARON A LO LARGO DE DOS KILÓMETROS, BORDEANDO AMBAS ACERAS DE LA AVENIDA 9 DE JULIO, BUSCARON EN VANO Y PREGUNTARON EN VANO,... "DONDE ESTÁ LA PRESIDENTE?"
COMO DE COSTUMBRE, LA REINA DEL DESDÉN, LE TIRÓ UN CACHETAZO MÁS, A LAS FUERZAS ARMADAS Y DE SEGURIDAD.
LA COMANDANTE EN JEFE SUPREMA DE LAS FUERZAS ARMADAS, POR PRIMERA VEZ , NO ESTUVO EN EL PALCO OFICIAL.
FALTÓ A SU CITA DE HONOR CON LA HISTORIA, EN ESTE BICENTENARIO GRIS Y TRISTE PERO ADORNADO DE FALSAS EXCUSAS, EXPRESADAS EN DISCURSOS PRESIDENCIALES PUERILES , QUE YA NADIE ESCUCHA Y SOBRE HECHOS, QUE NADIE CREE.
LOS TÍTERES UNIFORMADOS QUE REPRESENTABAN A LAS FUERZAS ARMADAS COMO "JEFES DE ESTADO MAYORES GENERALES" EN EL PALCO OFICIAL, ERAN SIMPLES FIGURAS ACARTONADAS , QUE ESTABAN COMO ESCONDIDAS, COMO SI TEMIERAN SILBIDOS, TRES GRADAS ATRÁS DE LA UBICACIÓN , DE LO QUE PROTOCOLARMENTE CORRESPONDE.
OBSERVABAN Y ESCUCHABAN UN BOMBARDEO DE DIATRIBAS VOCALES, DIRIGIDAS DESDE EL PÚBLICO A CRISTINA KIRCHNER, ... COMO QUIÉN OYE LLOVER.
PERO...POR QUÉ NO HUBO DESFILE AÉREO SI ASÍ SE HABÍA ANUNCIADO, SE PREGUNTABA LA GENTE.
LA TELEVISIÓN EXPRESABA QUE "SE SUSPENDIÒ EL SOBREVUELO DE AVIONES POR CUESTIONES CLIMÁTICAS".
ES UNA MENTIRA PERIODÍSTICA, LÓGICAMENTE EMANADA DE UNA AUTORIDAD OFICIAL.
HABÍA TRES MIL PIES ENTRE EL SUELO Y LA BASE DE LAS NUBES A LA HORA DEL PASAJE.
SERÍA MENESTER, PREGUNTARLE AL JEFE DEL ESTADO MAYOR GENERAL DE LA FUERZA AÉREA, BRIGADIER GENERAL NORMANDO CONSTANTINO QUE, COMO AUTORIDAD COMPETENTE, DIGA LA VERDAD... SI QUIERE Y SI PUEDE.
PASADO EL DESFILE TERRESTRE, NO MECANIZADO...VINO EL DESFILE FEDERAL CON TODAS LAS PROVINCIAS REPRESENTADAS. UN ESPECTÁCULO INOLVIDABLE.
MARCHABAN GALLARDAMENTE, CON EL ORGULLO QUE VIENE DE ADENTRO...DESDE EL ALMA.
CUANDO IBAN A SALUDAR, CON ESE RESPETO PROVINCIANO QUE CALA HASTA LOS HUESOS, SE ENCONTRARON CON EL PALCO OFICIAL VACÍO DE AUTORIDADES.
LOS MILES DE KILÓMETROS QUE HIZO ESTA GENTE ARGENTINA ,PARA SENTIR LA ENORME EMOCIÓN DE DECIR "AQUÍ ESTAMOS SEÑORA PRESIDENTE "!!..QUEDÓ TRUNCO EN UN SILENCIO SEPULCRAL.
LAS PROVINCIAS DEL NORTE, AHOGARON UN LAMENTO CERCANO A UN RUIDO SÓRDIDO DE ESTRELLAS ROTAS Y LA ILUSIÓN VESTIDA DE ALEGRÍA PATRIOTA. ENLUTÓ LA ESPERANZA QUE LOS TRAJO HASTA LA GRAN URBE.
ESTA ES NUESTRA VERGUENZA PORQUE JAMÁS ! SE MERECIERON ESTO POR PARTE DE LA "JEFA DE ESTADO".
PERO ELLA, ES ASÍ. SOBERBIA, CICLOTÍMICA, MENTIROSA Y MAL EDUCADA.
ESTA ES LA "DAMA QUE NOS REPRESENTA" COMO LA MÁXIMA AUTORIIDAD DE UN PAÍS MORALMENTE EN RUINAS.
ESTE MASTICAR BRONCA CON TRISTEZA, MÁS LOS AGRAVIOS PERMANENTES, ESTÁ COLMANDO EL VASO DE LA PACIENCIA DE MILLONES DE ARGENTINOS.
EL DESFILE DEL BICENTENARI,... FUE UN DESFILE DE ORGULLOSOS SOLDADOS, EN MUCHOS CASOS VISTOS A TRAVÉS DE LA CANTIDAD GRANDE DE GENTE QUE APLAUDÍA CON OJOS EMPAÑADOS DE ROCÍO AZUL Y BLANCO....
EL FERVOR PATRIÓTICO ESTALLABA EN LAS GARGANTAS Y EN LOS CORAZONES DE MILES DE ARGENTINOS , PERO SE APAGÓ ABRUPTAMENTE, ANTE LA FALSEDAD HECHA CARNE. ANTE LA FALTA DE RESPECTO, QUE ES EL DOCUMENTO DE IDENTIDAD DE CRISTINA FERNANDEZ DE KIRCHNER.
UNA VEZ MÁS, LA TITULAR DEL PEOR EJECUTIVO DE LA HISTORIA, HIZO CALLAR UN SENTIMIENTO.
EL CINISMO, LA HIPOCRECÍA QUE ESTA MUJER LLEVA CONSIGO, PRODUCE TAL RECHAZO, QUE EN SU DESAPRENSIÓN INNATA, TODAVÍA IGNORA, QUE EL DESPRECIO QUE ELLA DERRAMA, LO RECIBE EN ESCALA GEOMÉTRICA EN SENTIDO CONTRARIO.
PERO LA GENTE SE ESTÁ DANDO CUENTA, QUE LA DIGNIDAD NO SE COMPRA CON CHORIPANES Y QUE EL CUMPLEAÑOS DE LA PATRIA, ES TAN SAGRADO COMO LAS CENIZAS DE LOS QUE LA FUNDARON.
Y POR ESO ES QUE DEBEMOS MANTENER SIEMPRE EN NUESTRO CORAZÓN, EL GRITO DE VIVA LA PATRIA! NO AHOGADO, PERO SI, CON LOS DIENTES APRETADOS, LA MIRADA FULGURANTE Y LAS MANOS CERRADAS EN PUÑO, COMO CORRESPONDE.
NO LES PARECE?
LA AVENTURA DEL CONOCIMIENTO Y EL APRENDIZAJE
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."
Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".
ALEJANDRO DOLINA
Es de locos!!!!!
Enviado por el propietario del cablevideo de Bella Vista - Corrientes
Lo que abajo cuento es exactamente tal como sucedió. Cualquier parecido con ficción alguna, es pura coincidencia.
El lugar, la ciudad de Bella Vista, provincia de Corrientes. Despacho de la directora de una escuela, adonde me encontraba hablando con su titular. De repente, entra sin llamar una señora muy ofuscada, de unos cuarenta años, y voz en cuello increpa a la directora:
-y usted quien se cree que es, eh? No tiene derecho a hacer lo que hizo, con el perjuicio que eso me causó!
-qué hice?
-usted sabe bien que hizo, dejó que mi hijo Roberto pase de curso. Si usted sabía que tenía que repetir!
-señora, su hijo pasó porque ya había repetido antes y porque consideramos que, mínimamente tenía las condiciones para avanzar.
-claro, pero ahora usted me deja a mí sin la plata que me tenían que dar!
-pero es su hijo, y debería ser una buena noticia que pasara de curso…
-a mi no me venga con esos cuentos, ya me hicieron pasar a dos y me quedan dos nomás, no tienen idea de lo que me hicieron!
Sin buscar entender razones, sale del despacho sumamente ofuscada.
Con cara de resignación, la docente se dirige hacia mi, quien intentaba entender lo que ocurría: “no es tan difícil, el Ministerio de Educación ahora entrega un subsidio que denomina beca para retención de alumnos a las familias de aquellos chicos que repiten el curso. Se supone que es para evitar la deserción escolar. Pero bueno, con tanta pobreza, las familias han descubierto que cuantos más hijos tengan que repitan, obtienen más dinero. Esta señora tiene cuatro chicos en la escuela, y al no repetir dos nuevamente, ha perdido de percibir 380 pesos semestralmente por cada uno de ellos.
Con la mirada perdida y embargada en una profunda tristeza, concluyó señalando: ¿pero sabe? El problema más difícil no es enfrentar la furia de los padres, sino no poder explicar a los chicos que sí estudian y se esfuerzan, muchos de los cuales son igual de pobres, que su mérito no paga. Digame, ¿Qué valores puedo transmitir así? ¿Qué están haciendo con el futuro de la república, por Dios?!”
Feliz 2010 !!!
El diez es el número clave para arrancar el nuevo año con todas las fuerzas.
Porque en nuestra cultura todo lo contamos de a diez. Simplemente porque
tenemos diez dedos en las manos para contar.
El diez sugiere el fin de un ciclo y el comienzo de otro.
Claro, es el número base del sistema decimal. Por eso las crisis de los
30, de los 40, de los 50. A nadie se le ocurriría plantear la crisis de
los 37 años o de los 44.
Diez es el primer número que reúne dos dígitos: el que refleja la unidad y
el que representa la nada.
Es la nota máxima posible en los exámenes.
Es la puntuación más alta en competencias olímpicas.
En las barajas, del uno al diez llevan número y se grafican con la
respectiva cantidad de elementos correspondientes a cada palo. Después del diez vienen las figuras.
Según el tarot, el diez simboliza la rueda de la fortuna y por lo tanto,
la evolución.
Contábamos hasta diez para jugar a las escondidas, nos cantaron hasta
hartarnos la canción infantil “Eran diez indiecitos”, y leímos
obligadamente “Rosaura a las diez”.
Todos los relojes en los avisos publicitarios marcan las diez y diez
Jesús limpió diez leprosos.
Egipto soportó diez plagas.
Los mandamientos son diez y generalmente las normas se compilan en decálogos.
Y para colmo, en este año decimal celebramos la Revolución de Mayo en su
bicentenario.
El año termina para nosotros en este mes, que si bien es el duodécimo,
lleva el nombre de diez,- por eso diciembre-. Es que para los romanos el
año se iniciaba en marzo. Precisamente entre los romanos, el cinco es la V
porque es el esquema gráfico de una sola mano, y el diez es la equis, que
junta dos “ve” por su vértice y representa las dos manos. Es por eso que
diez en números romanos se escribe con una X.
Y ya que la X en matemática es siempre la incógnita a despejar, no
tengamos dudas de que el año que empieza nos va a ser inmensamente
favorable. Individualmente y en conjunto.
Démosle al año que empieza la mejor bienvenida, al modo del pueblo
Mapuche, cuyo saludo es “Marí, Marí”.
Marí es el número diez.
FELIZ 2010 !!!!
La Argentina Insolente
En mi casa me enseñaron bien.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía A raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”.. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la Autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa”
o “escuchar cuando los mayores hablan”.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible..
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.
Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y
dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se
cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un
ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.
Y así creí que sería en la vida.. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase
responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su
lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo.. Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:
- Pretender saberlo todo
- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días.. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.
¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE?
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1: En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2: En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía A raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”.. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la Autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa”
o “escuchar cuando los mayores hablan”.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible..
El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo.
Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y
dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se
cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un
ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: "la impunidad". ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa.
Y así creí que sería en la vida.. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una “Tercera Regla” no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase
responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su
lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo.. Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA. Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de los Argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:
- Pretender saberlo todo
- Tener razón hasta morir
- No escuchar
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto, la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días.. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: O aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.
¿A USTED QUÉ LE PARECE? ¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE?
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe.
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